domingo, 30 de marzo de 2008

Superbia


El hambre de conocimiento ha causado tantos líos, incluso al inicio del génesis vemos como el fruto prohibido, que simbolizaba el conocimiento y el fruto mordido; la sabiduría adquirido por vía empírica advierte a la cristiandad de cegarse a la fe; los griegos se apropiaron de él, segregando a todo el que no fuera ciudadano, los bárbaros que quemaron la biblioteca de Alejandría, la edad media que hizo lo suyo con el claustro de los libros en el trivium y el cuatrivium, la prohibición de traducir la Biblia, la quema de brujas y tantas otras obras en nombre de dios. La llegada del siglo XII abrió un poco las cosas con la ayuda de judíos y árabes al traducir las obras de Aristóteles, el desplazamiento de la scola palatina y la creación de la Universitas (universidades) que hizo bullar Europa con miles de idiomas, culturas, creencias y formas de ser. El paso más fundamental lo dio el invento de la imprenta, multiplicando y mejorando ampliamente lo tan oculto, transformando las mentes, abriendo caminos, permitiendo ese salto cualitativo de la mente humana, buscando respuestas ya no en el dogma de la fe, sino que en la razón (en la razón pura, diría Kant) Descartes seducido por la inquisición junto a Copérnico y tantos otros que tuvieron que renegar su hambre de conocimiento por la soberbia de querer saber. Esa hambre que hace que todo el que se aventure en la filosofía sea acusado de excéntrico, loco o pedante, esa eterna costumbre de darle una y mil vueltas a cada cosa, que hace andar en la nube de Aristófanes, quien caricaturiza la imagen contemplativa y reflexiva del filósofo. Ese, el que busca y tiene serios riesgos de caer en las listas negras del dogma y en la locura de los libros, ese, el soberbio, ese, el que no se cansa de buscar.